
A
Julián Zugazagoitia le fusiló el "ejército de ocupación" franquista en las tapias del Cementerio del Este, pero no fue el único que se preocupó por acercar el saber al pueblo y, a ser posible, porque fuera con mayúsculas.
La idea misma de hacer llegar a través de Ateneos Obreros, Casas del Pueblo, bibliotecas imposibles y universidadades populares la cultura, además de suponer uno de los principios republicanos menos discutidos, representó un gran paso para liberar de la ignorancia a quienes, el poder tradicional, había asignado el papel de víctimas y, de paso, para que el fascismo, irredento, se cebara sangriéntamente con quienes osaron promover la docencia y el libre pensar, fundamentado en el conocimiento, entre las trabajadoras y trabajadores de este país.
Las mujeres, en contra del análisis simplista acostumbrado, abrazaron y dieron forma como nadie a esta idea de progreso y humanismo, sirviendo de puente para enlazar todas las libertades.
Su esfuerzo, su ejemplo, avivó entre la gente más humilde su avidez por la lectura, por la formación intelectual, pero también atrajo la zarpa más afilada de sus enemigos.
