domingo, 14 de septiembre de 2008

Boda y muerte en un día


Arturo Lodeiro estaba en la cárcel el día en que se casó con Julia Muñoz. No llegaron a verse como marido y mujer. Se casaron por poderes. Arturo, cerrajero, de 35 años, que llevaba casi diez meses detenido, estaba "a punto de morir", fusilado. (...)

Años más tarde, esas cartas cayeron en manos de su nieta, que se enamoró del hombre que en sus últimas horas de vida sólo pensaba en casarse con su novia para que no fuera madre soltera y en garantizar su supervivencia, para lo cual era imprescindible impedir que la consumiera el odio - "ya sabes que no quiero rencores, acepta esto con la mayor resignación y considéralo como lo que es, un error" -. Cuando Julia Mota terminó de leer, necesitó encontrarle.
Empezó a preguntar por él en cada archivo. En Instituciones Penitenciarias le facilitaron un documento que le provocó una indignación imperecedera, y que dice: "Ingresó en prisión el 14 de junio de 1939. Entregado el 27 de abril de 1940 al piquete de ejecución para dar cumplimiento a la sentencia de muerte. Delito: No consta". "¡Mataron a un hombre sin saber por qué!", grita Julia, 68 años después del fusilamiento de su abuelo. Más tarde, en el foro Memoria y Libertad, dio con alguien que tenía no sólo noticias sobre el paradero de Arturo Lodeiro, sino su mismo apellido.
"No conocíamos a la familia de mi abuelo, ni ellos a nosotras. Ni siquiera sabían que se había casado", explica Julia. Hasta el punto de que cuando los gestores del cementerio de la Almudena buscaron a la familia Lodeiro para preguntarle si quería llevarse sus restos -diez años después del fusilamiento-, llamaron al padre del ejecutado y no a su viuda. "Lo exhumaron y se lo llevaron a su panteón familiar. Mi abuela nunca lo supo". Un día, en Internet, Julia tropezó con aquella parte de la familia que no conocía y encontró por fin a su abuelo. "Fui a ver el panteón familiar al cementerio el pasado 12 de abril. Sentí de repente una tranquilidad absoluta".


El País. Natalia Junquera

1 comentario:

Ramón dijo...

Desde luego, la realidad o la vida misma supera la ficción. Que serenidad y paz interior la de éste señor para darlo todo, si pestañear, en el momento mas crítico.

Y para colmo esa sentencia de muerte tan irónica